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FICHA TÉCNICA
Phantom Thread
El hilo fantasma
 
Estados Unidos
2017
 
Director:
Paul Thomas Anderson
 
Con:
Daniel Day Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville
 
Guión:
Paul Thomas Anderson
 
Fotografía:
Paul Thomas Anderson
 
Edición:
Dylan Tichenor
 
Música
Joony Greenwood
 
Duración:
130 min.
 

 
El hilo fantasma
Publicado el 24 - Feb - 2018
 
 
  • Phantom Thread es, antes que todo, una historia de amor. Retorcida, sí, cómo negarlo, pero historia de amor, de uno memorable. Digan lo que digan los cínicos. El circo del diseño y la moda, más allá de fungir como el ámbito en el que se desarrolla el relato, es un elemento accesorio  - ENFILME.COM
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por Alfonso Flores-Durón y Martínez

En uno de los momentos climáticos de Magnolia, el portentoso filme que realizó Paul Thomas Anderson en 1998, a los 28 años (y que, siendo justos, es una colección de momentos climáticos a lo largo poco más de tres horas), el agonizante anciano Earl Partridge (Jason Robards) se enfrenta con uno de los temas centrales de esa cinta, y de buena parte de la filmografía de Anderson: el arrepentimiento. En su lecho de muerte, el viejo le otorga a su atribulado enfermero, Phil (Philip Seymour Hoffman), el grado de confidente y le abre su corazón participándole los remordimientos que lo afligen. “El maldito arrepentimiento. ¿Sabes cuál es mi mayor arrepentimiento?”, le pregunta a quien cuida de sus últimos suspiros. Sin esperar contestación, él mismo se responde: “Dejé que mi amor se fuera”. Un dolor que ha mortificado a varios de los personajes que este prodigioso autor de cine ha labrado, desde Dirk Diggler (Boogie Nights), pasando por Barry Egan (Punch Drunk Love), en más de un sentido Freddie Quell (The Master) y, por supuesto, Larry “Doc” Sportello (Inherent Vice). ¿Permitirá Anderson que Reynolds Woodcock (Phantom Thread) quede afiliado en ese club de almas rotas que parece disfrutar haciendo sufrir?

Reynolds (Daniel Day-Lewis) es un venerado diseñador de ropa británico, que vive y trabaja en Fitzrovia, en el Londres de la posguerra. En realidad es, se siente y se desenvuelve como un artista cuyas obsesiones son la belleza y el perfeccionismo, por lo que trabaja inagotablemente trazando bocetos, tomando medidas, cosiendo telas, dando órdenes a sus múltiples empleadas, creando sus propias obras de arte, en la batalla por mantenerse vigente en el despiadado mundo de la alta costura. Es un hombre que socializa poco y en su exclusivo mundo Cyril (Leslie Manville), su hermana, ocupa un rol primordial: es cabeza de su atelier, vocera para dar a conocer a sus amantes que las relaciones han terminado, compañera inseparable y, también, desempeña la función de figura materna; todo dentro de la misma hermosa casa georgiana que comparte con él. Reynolds, casi un sesentón, se asume ostentoso como un soltero incurable, incapaz de comprometerse a fondo con algo que no sean los majestuosos vestidos que diseña.

Para tomar aire, siempre siguiendo los consejos de Cyril, en ocasiones se retira a su casa de fin de semana en la campiña inglesa. En una de esas escapadas, tomando el desayuno en el restaurante del hotel del pueblo, queda inmediatamente deslumbrado por el atractivo natural y la espontaneidad de la joven mesera, Alma (Vicky Krieps), una chica extranjera que se deja galantear por Reynolds y, pese a ciertos rasgos de timidez, no se siente intimidada (o lo oculta bien) por su porte, seguridad, y la madurez de quien siempre sabe exactamente lo que quiere. Esa misma noche, en su primera cita, Alma se convierte en musa, modelo y pareja; Reynolds descubre en la chica virtudes que ni ella se conocía. La velada termina con él confeccionándole un vestido, con la ayuda de Cyril, que intempestivamente (al menos para Alma) llegó para hacerle(s) compañía.

De inmediato Alma se muda a vivir con ellos a Londres y su primera sorpresa es que Reynolds le asigna una habitación contigua a la suya. Él no puede tener distracciones que alejen su mente de la misión fundamental de su vida, que es pensar e ingeniar nuevas creaciones que sean incomparables, epítomes de la elegancia y la sofisticación. Sus clientes (millonarias excéntricas y personalidades de la realeza) es lo que esperan de sus obras. Alma no encaja del todo en las dinámicas de la casa (ni siquiera en el simple y austero ceremonial del desayuno), pero actúa como germen de inspiración para él y con eso va cumpliendo su cometido. Juntos trabajan mucho (ella lo ve con ojos de intensa admiración, inclusive cuando apenas duermen unas cuantas horas), dialogan (o intercambian algunas frases), incluso llegan a reír, pero en realidad tienen poca oportunidad para compenetrarse como pareja. No tienen intimidad, o al menos Anderson no nos permite advertirlo. La omnipresencia de Cyril poco ayuda, pues parece que parte de su mandato consiste en evitar que su hermano consolide relación amorosa alguna.

Alma, episodio en episodio, va hilvanando desencantos, que se convierten en resentimiento al sentirse desplazada, quizá hasta utilizada, definitivamente poco amada. Reynolds, que es un controlador consumado, además vive en una angustia constante y, pese a comportarse con modales refinados, es un neurótico ensimismado que siempre parece estar a un sonido impertinente de distancia para estallar. Es más una figura paterna, siempre demandante, que una pareja para Alma, una chica cándida, incluso provinciana que, sin embargo, tiene agallas para responder con muestras de carácter y punzantes intervenciones cuando se siente atacada, lo que revela que en su interior conviven deseos y emociones que parece reprimir, o que de plano él le castra, a veces con crueldad. Cuando la tensión entre ellos se incrementa y la cotidianeidad les provoca continuos roces que desajustan las rutinas de Reynolds, ambos amagan verbalmente con poner fin a la relación. Empero, entre los dos se ha ido desarrollando un vínculo que les permite, cada uno por su lado, cada cual a su manera, percatarse que son afortunados de haberse encontrado, que han formado un equipo, que sienten algo intenso por el otro y que es severo el riesgo de perder lo que tienen.

El mundo de PT Anderson siempre ha sido encabezado por un protagonista masculino, con diversos grados de machismo, en ocasiones -como en There Will Be Blood y The Master- por uno visceral, egocéntrico, misántropo, amo de su entorno. Phantom Thread sigue esa línea, pero con una variante decisiva que subvierte el esquema: desde la primera secuencia vemos que es ella, Alma, quien con una voz en off intermitente en la trama, será quien nos vaya contando la historia. A través de sus ojos y recuerdos registraremos lo que acontece. Es fácil que muchos se confundan pensando en Reynolds como la figura central del relato, no solo debido a esa tradición varonil del cine de Anderson, sino en virtud de la enérgica presencia y sobrecogedor talento de Daniel Day-Lewis. No obstante, la interpretación de la luxemburguesa Vicky Krieps resiste los embates de acabado y contenido histrionismo de Day-Lewis con la naturalidad y fuerza interna que se proyecta en su personaje. Es ella, además, quien se encarga de los disparos de humor, mordaz y filoso, que esparcidos en dosis precisas alivianan un ambiente ceremonioso, que se toma a sí mismo muy en serio, tanto dentro de la historia como en el plantamiento mismo de la película. De no haber sido así, los desplantes y extravagancias de la casa Woodcock corrían el peligro de caer en la caricaturización.

A diferencia de buena parte de la filmografía de PT Anderson en la que sus historias se sitúan y desenvuelven en un panorama amplio, con muchas locaciones, mucho movimiento, a gran escala, en Phantom Thread el director opta por constreñir buena parte de lo que ocurre en la trama al interior de la casa de Reynolds que, aunque es tan grande que en su interior tiene acondicionado el taller donde ejerce su empresa, la ajustada distribución del espacio -como en toda vivienda inglesa- la hace sofocante. Por otro lado, la residencia actúa como el refugio en el que él se siente protegido de un mundo exterior amenazante que, por si fuera poco, está cambiando velozmente, particularmente en su oficio proclive a las novedosas influencias foráneas que atentan con dejarlo fuera de las tendencias. Él, que como buen inglés (más en esa época), se aferra a su apuesta por lo clásico y lo atemporal. Es Reynolds otro más de los sujetos incapaces de lidiar tersamente con la rispidez de la realidad, especímenes que pululan en el universo de PT Anderson.

El estilo personal de Reynolds (su vestir, sus modales), el de sus diseños, y el hecho de que su casa sea el epicentro de la historia, en buena medida desdibujan durante parte importante de la trama la época en que ésta se desarrolla; da la impresión de que Reynolds vive fuera del tiempo o, más bien, en su propio tiempo, como lo hace en su propio espacio, bajo sus propias reglas. Acaso la hermosa música de Jonny Greenwood (habitual de Anderson desde There Will Be Blood), orquestaciones afianzadas en las cuerdas y en el piano que dejan a un lado la oscuridad característica de sus scores previos para permitir que aflore una sensación de romanticismo más intensa, nos mantiene engarzados al período de los cincuenta en que ocurre la narración. Greenwood confiesa que pensar en el tipo de música que Reynolds escucharía fue la clave para inspirarse en las composiciones que bailarían al ritmo de la mayoría de las imágenes. Bien sabemos que el cine de Anderson no es, precisamente, uno de silencios.

Otro elemento distintivo de Phantom Thread es la participación de la cámara. Siendo el propio Anderson operador por vez primera en su carrera (de hecho se encargó de la dirección de fotografía completa), decidió que el movimiento no la definiría, como normalmente ocurre en sus filmes. Consigue crear un ambiente opresivo en los confines de una casa, por lo general manteniéndola fija o desplazándola parsimoniosamente y, en limitadas ocasiones, recurriendo a sus acostumbrados dolly-in con los que de modo delicado se acerca a los personajes en momentos claves para penetrar en sus pensamientos.

Lo que la destaca del trabajo de cámara en este filme, es su colocación en permanente contrapicada (casi todas las tomas del filme son desde abajo), no únicamente para resaltar la figura de Reynolds, sino también la de Alma, e igualmente la de Cyril. En algunas secuencias, de plano, la cámara se posiciona al ras del piso (como en película de Ozu), acentuando la presencia de líneas verticales, alargadas, que manifiestan la sensación de que en cualquier momento todo puede desquiciarse. La iluminación, constantemente blanca gracias a los grandes ventanales que permiten el paso de la luz natural, subraya la sobria elegancia del ambiente y, en las escenas nocturnas, la luz tenue en el mejor matiz del dorado (gracias a velas y lámparas de mesa) favorece la atmósfera acogedora para los momentos en que la calma permite que Reynolds y Alma se compenetren, se unan.

La intención de PT Anderson, ha revelado, era hacer un drama romántico a la Hollywood, y su referencia más evidente es Rebecca, de Hitchcock, de la que toma elementos arquetípicos para el moldeado de sus personajes, evidentes detalles de la trama, el apellido de Reynolds (Woodcock), un simpático homenaje en la secuencia en que va manejando su auto por la carretera (parece salida de un filme de don Alfred) y un guiño a la propia Rebecca, no siendo en Phantom Thread la difunta esposa del hombre entrado en años enamorado de la jovencita, sino su madre. La psicología del personaje de Reynolds se explica fundamentalmente a partir de su relación con la memoria de su mamá, quien le enseñó el oficio y, presumiblemente, lo consintió demasiado al grado de convertirlo en un hombre tan petulante. En otros filmes de Anderson ya hemos visto su forma de enfatizar que es en la niñez cuando se forja la personalidad y los traumas y complejos que se absorben entonces es muy difícil que posteriormente se puedan extirpar o, cuando menos, modular.

Del pasado de Alma no nos es dado a conocer nada, pero es notable la convicción que posee, resorte que le impulsa a no sentirse menos, a no actuar como niña caprichosa y, sobre todo, a pelear por lo que quiere sin esperar que mágicamente las cosas cambien y se acomoden a su favor; por el contrario, ella activamente hace que sucedan, imponiéndose en un entorno que le era totalmente desfavorable. La secuencia en la boda de la millonaria de quien la casa Woodcock depende, en la que la mujer está absolutamente alcoholizada, es fundamental para la cimentación del lazo entre Alma y Reynolds. Ella le insiste a él que un vestido suyo no merece el trato que la mujer le está dando y lo convence de recuperarlo. El lance de audacia pero, sobre todo, de compromiso que ella le muestra, es una prueba de amor incuestionable; él lo sabe, se lo reconoce y lo atesora. Y, pese a todo, pesará en su conciencia a partir de entonces.

Las transformaciones en las personas no siempre se dan a partir de una epifanía, no suelen suceder de manera intempestiva; en el cine de PT Anderson, las revelaciones que parecen súbitas en realidad responden a un proceso delicado de asimilación de eventos, sucesos y maquinaciones mentales que el director ha ido tejiendo con delicadeza. Alma alcanza a intuir lo que se fragua al interior de Reynolds y, sin renunciar a la individualidad que aparentemente va perdiendo, se enfoca en hacer que todos sus esfuerzos y sacrificios, la inversión de su tiempo y emociones, cristalicen en algo trascendental para los dos. Hay historias de amor que exigen segundas y hasta terceras oportunidades para, quizá, poder consolidarse.

Porque Phantom Thread es, antes que todo, una historia de amor. Retorcida, sí, cómo negarlo, pero historia de amor, de uno memorable. Digan lo que digan los cínicos. El circo del diseño y la moda, más allá de fungir como el ámbito en el que se desarrolla el relato (y, en todo caso, para explorar el proceso de creación de un artista), es un elemento accesorio. La abrumadora soledad que persigue siempre a los personajes de Anderson (en realidad a todo ser humano), no había encontrado modo de aliviarse, de alivianarse con nada. Ni drogas, sexo, dinero, adulación, bueno, ni petróleo la atenuaban. Pero tal vez el amor, uno auténtico, del que los afortunados encuentran una sola vez en la vida (para muchos no se presenta nunca), es capaz de mitigarla. Por eso, si se le encuentra, pregúntenle a don Earl Partridge que sabía una cosa o dos al respecto (y si no a Dirk, a Barry, a Freddie, a Larry), se le debe sujetar de cualquier manera posible; con zurcido invisible, de ser necesario. 

 
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