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FICHA TÉCNICA
The Killing of a Sacred Deer
El sacrificio del ciervo sagrado
 
Reino Unido/Irlanda/Estados Unidos
2017
 
Director:
Yorgos Lanthimos
 
Con:
Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Raffey Cassidy, Sunny Suljic, Alicia Silverstone
 
Guión:
Yorgos Lanthimos, Efthymis Filippou
 
Fotografía:
Thimios Bakatakis
 
Edición:
Yorgos Mavropsaridis Duración:
121 min.
 

 
El sacrificio del ciervo sagrado
Publicado el 08 - Feb - 2018
 
 
  • La premisa elemental en los relatos del cineasta griego, Yorgos Lanthimos, consiste en colocar a sus personajes en escenarios inusuales que oscilan de lo extraño a lo francamente absurdo. Todo ello para dar un paso atrás y ver el estrago emocional que cosechan estos pobres mortales. Ahora, en un tono macabro e inquietante, y a partir de la alegoría del crimen y el castigo, Lanthimos confecciona The Killing of a Sacred Deer (El sacrificio del ciervo sagrado, 2017), una parábola fatalista sobre los pecados de los padres que deben pagar los hijos y un perturbador ultimátum dirigido a un hombre insuficientemente equipado para lidiar con él.  - ENFILME.COM
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  • La premisa elemental en los relatos del cineasta griego, Yorgos Lanthimos, consiste en colocar a sus personajes en escenarios inusuales que oscilan de lo extraño a lo francamente absurdo. Todo ello para dar un paso atrás y ver el estrago emocional que cosechan estos pobres mortales. Ahora, en un tono macabro e inquietante, y a partir de la alegoría del crimen y el castigo, Lanthimos confecciona The Killing of a Sacred Deer (El sacrificio del ciervo sagrado, 2017), una parábola fatalista sobre los pecados de los padres que deben pagar los hijos y un perturbador ultimátum dirigido a un hombre insuficientemente equipado para lidiar con él.  - ENFILME.COM
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por Luis Fernando Galván

La premisa elemental en los relatos del cineasta griego, Yorgos Lanthimos, consiste en colocar a sus personajes en escenarios inusuales que oscilan de lo extraño a lo francamente absurdo; desde la perversa reconstrucción de asesinatos al interior de un pobre y desconsolado pueblo en Kinetta (2005) hasta la desesperación por enamorarse y encontrar pareja para no convertirse en animal en The Lobster (2015), pasando por el aislamiento y el uso de un nuevo vocabulario para nombrar el mundo en Kynodontas (2009) y la suplantación de la identidad durante el proceso de luto en Alps (2011). Todo ello para dar un paso atrás y ver el estrago emocional que cosechan estos pobres mortales. Ahora, en un tono más macabro e inquietante, y a partir de la alegoría del crimen y el castigo, Lanthimos confecciona The Killing of a Sacred Deer (El sacrificio del ciervo sagrado, 2017), una parábola fatalista sobre los pecados de los padres que deben pagar los hijos y un perturbador ultimátum dirigido a un hombre insuficientemente equipado para lidiar con él.

La primera imagen de la película es un corazón humano palpitante y ensangrentado, rodeado de sábanas azules estériles, enfatizada por una solemne música orquestal -perteneciente a una sección del Stabat Mater de Franz Schubert- que golpea fuertemente los oídos de la audiencia. Cuando el campo se amplía, el espectador comprende que se encuentra en una sala de operaciones y que el destino de este corazón está en manos del cirujano. Es una apertura fuertemente simbólica que contiene las premisas de lo que está por venir: el cirujano como una especie de ‘dios’ que puede decidir sobre la vida del paciente (a nivel visual), y el sufrimiento de una madre por la pérdida del hijo (a nivel sonoro, ya que la pieza del compositor alemán se concentra en el dolor de María durante la crucifixión).

El cirujano cardiovascular que acaba de operar es Steven (Colin Farrell), un hombre exitoso que vive en una hermosa casa -ubicada en un tranquilo, limpio y acogedor suburbio de Cincinnati-, en compañía de su bella esposa, Anna (Nicole Kidman), y sus dos encantadores hijos -Kim (Raffey Cassidy) y Bob (Sunny Suljic)-. La suya es una vida aparentemente tranquila en la que se ocupa de una rutina robótica: el trabajo, la relajación, alguna excentricidad inofensiva en la vida sexual (una posición que la pareja denomina “anestesia general”), pero hay algo, a las afueras de su burbuja, que no embona con su vida perfecta. Steven mantiene una relación inicialmente inexplicable con un joven de clase trabajadora llamado Martin (Barry Keoghan). Se ponen de acuerdo para verse, tomar café y charlar brevemente sobre sus actividades cotidianas y su estado de ánimo. El adolescente de 16 años mira al médico como una figura paterna, una especie de mentor. El hombre mayor le regala un reloj muy caro al joven, y éste responde con un prolongado abrazo como muestra de agradecimiento. Cualquiera que haya visto una película de Lanthimos descartará soluciones tan obvias como la atracción sexual entre los dos hombres. Algo siniestro está en marcha. Eventualmente, Steven invita a Martin a su casa para presentarlo ante su familia. El misterio de su relación está invariablemente relacionado con algo terrible que sucedió en el pasado.

El tono general de The Killing of a Sacred Deer resulta en el establecimiento de un mundo que es reconocible como el nuestro, pero simultáneamente ajeno, que se refuerza con la introducción de pequeños y contundentes elementos provenientes de la tragedia griega, aquella en la que, según Aristóteles, el drama representa la caída de una persona debido a un error fatal o un error de juicio, produciendo sufrimiento y perspicacia por parte del protagonista y despertando piedad y temor por parte del público. Aunque el filme tiene sus raíces en el trasfondo de la obra de Eurípides, Ifigenia en Áulide (sin revelar los detalles que opaquen la trama del filme; el mito ve al rey griego Agamenón sufrir un terrible castigo por matar a un venado que era considerado sagrado por la diosa Artemisa), Lanthimos contorsiona la anécdota básica para ofrecerle a su protagonista una alternativa retorcida como castigo por un error que cometió tiempo atrás. Steven, como un cirujano del corazón, tiene un inmenso poder sobre la vida y la muerte en sus manos; él es un rey, pero uno sin libertad, condicionado por la manipulación de una fuerza que no puede combatir. De esta manera, el guion sutilmente explora una especie de dialéctica donde un “racionalista” (es decir, Steven) tiene que llegar a un acuerdo -sobre la existencia de algún tipo de poder ancestral (inexplicablemente sobrenatural que no puede controlar)- con un “creyente” (es decir, Anna, al menos en última instancia) que considera que la maldición es real y debe ser respetada como tal. Por supuesto, no existe una salida fácil al misterio que se desarrolla a su alrededor; Anne y Steven se encuentran como desafortunados humanos que protestan contra la arbitraria crueldad de un Dios inamovible. ¿Deberían resistir o deberían rendirse?

A nivel formal, el filme se siente como la oda de Lanthimos a Stanley Kubrick. El cineasta griego recurre a los long tracking shots (travellings de acompañamiento) para conducirnos por los pasillos fríos y minimalistas del hospital y seguir de cerca el desplazamiento de Steven en su espacio de trabajo. También emplea desconcertantes y lentos zooms metódicos para maximizar el énfasis en los detalles en los espacios interiores del hogar iluminados con lámparas, es como ver a través de los ojos de un espíritu flotante, listo para emitir juicio sobre estos débiles mortales. En otros momentos, el cinefotógrafo Thimios Bakatakis (Blind, 2014; Una, 2016) recurre a tomas estáticas que favorecen la observación sobre la manipulación, orillando al espectador a detectar las conductas, los comportamientos y los sutiles giros de realismo mágico. Y, en un par de ocasiones, la cámara se coloca en lo alto para, mediante planos cenitales, evidenciar la pequeñez y fatalidad de cada personaje. Esa combinación de recursos visuales -que configuran una estética muy pulcra, casi aséptica, pero nunca estéril- es acompañada de una banda sonora conformada por tonos inquietantes y siniestros, cuerdas y chillidos que crean una atmósfera de agitación y perturbación atonal.

Otro elemento más es el estilizado y escalofriante tono del diálogo, que está diseñado para crear distancia, no compromiso, entre las personas en la pantalla. Es frágil, plano, a menudo se habla de forma monótona, desdramatizada; las líneas son pronunciadas sin intenciones, ni en la entonación ni en los gestos, y las cosas que se dicen son igualmente sorprendentes y alarmantes. Como cuando Farrell le dice a su colega que su hija (de 14 años) recién empieza a menstruar. Sin embargo, nadie clava un párpado ante la incongruencia de ello. Al igual que The Lobster, los personajes hablan de manera franca y sin ningún sentido real de dinámica emocional. Y esta estrategia tiene como antecedentes lo planteado por Lanthimos en Kynodontas: arrebatarle todo el sentido de significantes y significados al lenguaje tal como lo conocemos para que el peso esté en las acciones y no en los diálogos. Las líneas se entregan en un estilo práctico, donde las discusiones espontáneas sobre la comparación del vello corporal son tan comunes como invitar a alguien a cenar. Por ejemplo, Martin, con un desapego verdaderamente desconcertante, le confiesa a Steven: “Mi madre se siente atraída por ti. Ella tiene un gran cuerpo”. Este tipo de revelaciones íntimas y secretas se suman a la angustia general que atraviesa Steven.

El filme con frecuencia va a lugares que aparentemente están diseñados intencionalmente para hacer que la gente se sienta incómoda. Caso concreto: cuando Steven intenta involucrar a Bob en un juego de confesiones y lanza una de las anécdotas más salaces y simplemente perturbadoras imaginables. Es una revelación que ningún padre sensato alguna vez pensaría compartir con su hijo, sin importar cuál sea la situación, y es sólo una señal de lo atrevido e ingenioso, aunque también provocativo, que puede ser Lanthimos. Incluso, todos hemos visto que los niños buscan afecto y protección de sus padres, pero no por las siniestras razones que tenemos aquí. La mayor fortaleza de Lanthimos como escritor (junto con su colaborador frecuente Efthymis Fillippou) es su capacidad para provocar risas nerviosas en situaciones perturbadoras, y hay un puñado de escenas que impregnan una mezcla de humor negro con temor sofocante. Las mentes de los espectadores también estarán retorcidas, sin saber qué pensar o creer. ¿Hay alguna forma de salir de este infierno?

Los personajes no son autómatas insensibles, pero la eliminación casi brechtiana de señales sentimentales hace que las observaciones sobre nuestros instintos de supervivencia más básicos nos generen más conflicto. Los cuerpos de los actores no son simplemente los portadores del ‘agón’ dramático, sino el medio a través del cual el cineasta cautiva los aspectos más comunes del comportamiento humano, para diseccionarlos y analizarlos. Para ello, el director ha reunido a un elenco con profundidad, encabezado por su ahora colaborador Farrell, que ha mostrado un verdadero gusto por encarnar al hombre que será sometido a una cruel venganza, como en The Beguiled de Sofia Coppola. El actor irlandés provoca una ansiedad creciente por el estado de su familia. Por su parte, Barry Keoghan logra un equilibrio entre la dulzura inocente y la intención maliciosa. Es fácil simpatizar con él y entender por qué Steven elige dedicarle tanto tiempo, incluso si estamos seguros de que detrás de su inicial comportamiento amable y respetuoso se esconde algo sombrío. Conforme el guion le exige que se vuelva más travieso y cruel, Keoghan puede alterar las cualidades oscuras de su personaje y transmitir la sensación de amenaza con miradas lacerantes; el joven actor encubre astutamente las ambiciones vengativas detrás de un exterior falsamente servicial. El papel de Nicole Kidman se siente como una especie de reflejo de Alice en Eyes Wide Shut (1999); hay momentos en que la cámara de Lanthimos se aferra fuertemente al rostro de la actriz australiana en primeros planos extremos y hay tanta actividad sutil sucediendo en el rostro de Kidman que aceptaríamos gustosos si la cámara nunca la dejara.

El brutal dilema planteado en el filme -en torno al sacrificio- se dirige en una dirección tremendamente violenta y físicamente agotadora. Lanthimos ha refinado con rigurosa claridad su propio método para congelar la incredulidad del espectador y succionar sus certezas y expectativas en situaciones absurdas haciéndolas pasar frente a nuestros ojos como perfectamente razonables. El autor griego no se preocupa por el realismo fundamentado, ya que ciertos elementos clave de la trama no se explican intencionadamente en absoluto. Cualquier explicación arruinaría la experiencia y distraería al espectador de sentir el pesado trauma psicológico que agobia a la idílica y acomodada familia. Si The Lobster tuvo un comienzo brillante y lleno de ideas, pero agotó el combustible hacia el final, The Killing of a Sacred Deer tiene un comienzo lento, controlado y medido que avanza hacia una escalada gradual que lo convierte en un perturbador thriller psicológico densamente cargado de terror hipnótico; es un filme sobrecogedor, y uno que se toma su tiempo para preparar el veneno que se lanzará contra la familia en cuestión, lo que lleva a una conclusión cruel, pero extrañamente apropiada y congruente para el universo planteado por Lanthimos. Aunque de manera incómoda y nada complaciente, el director suele recompensar la paciencia del espectador.

 
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