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FICHA TÉCNICA
Louder Than Bombs
Más fuerte que las bombas
 
Noruega/Francia/Estados Unidos/Dinamarca
2015
 
Director:
Joachim Trier
 
Con:
Isabelle Huppert, Jesse Eisenberg, Gabriel Byrne, Devin Druid, Amy Ryan, Ruby Jerins
 
Guión:
Joachim Trier, Eskil Vogt
 
Fotografía:
Jakob Ihre
 
Edición:
Olivier Bugge Coutté
 
Música
Ola Fløttum
 
Duración:
110 min.
 

 
Más fuerte que las bombas
Publicado el 05 - Jul - 2016
 
 
  • El tercer largometraje del director noruego, Joachim Trier, emplea los mecanismos del drama familiar escandinavo para elaborar un retrato crudo y triste de una familia estadounidense radicada en la ciudad de Nueva York.  - ENFILME.COM
  • El tercer largometraje del director noruego, Joachim Trier, emplea los mecanismos del drama familiar escandinavo para elaborar un retrato crudo y triste de una familia estadounidense radicada en la ciudad de Nueva York.  - ENFILME.COM
  • El tercer largometraje del director noruego, Joachim Trier, emplea los mecanismos del drama familiar escandinavo para elaborar un retrato crudo y triste de una familia estadounidense radicada en la ciudad de Nueva York.  - ENFILME.COM
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  • El tercer largometraje del director noruego, Joachim Trier, emplea los mecanismos del drama familiar escandinavo para elaborar un retrato crudo y triste de una familia estadounidense radicada en la ciudad de Nueva York.  - ENFILME.COM
 
por Luis Fernando Galván

Lee aquí nuestro ALTAVOZ de Joachim Trier

Ve aquí nuestra Entrevista en Londres con Isabelle Huppert

Más fuerte que las bombas (Louder Than Bombs, 2015), el tercer largometraje del director noruego, Joachim Trier, emplea los mecanismos del drama familiar escandinavo para elaborar un retrato crudo y triste de una familia estadounidense radicada en la ciudad de Nueva York. Es un filme elegante, bien afinado e intrigante, que lucha por bajar a tierra –demasiados– temas y preocupaciones –algunas que se quedan en el aire–, asociados al dolor y la memoria a raíz de la muerte de un ser querido y analiza cómo, mediante la unión y separación familiar, la convivencia y el aislamiento, se hace frente al proceso de luto.

Gene (Gabriel Byrne) se encuentra en medio de los preparativos de una exposición que será dedicada a su difunta esposa: la famosa y talentosa fotógrafa Isabelle (Isabelle Huppert), que tres años atrás falleció en un accidente automovilístico. En mayor o menor medida, los dos hijos del matrimonio –Jonah (Jesse Eisenberg) y Conrad (Devin Druid)– también son partícipes en la planeación de la exhibición. Cuando surgen nuevamente los recuerdos en torno a Isabelle, se crea una dinámica de tensión al interior de la familia, donde las verdades enterradas y los secretos pueden relucir en cualquier momento, amenazando sus aparentemente tranquilas vidas que están al borde de hundirse en el caos, la desesperación y la depresión.

Mediante la explotación de una narrativa fragmentada, Joachim Trier traza las relaciones entre los distintos miembros de la familia utilizando la combinación adecuada de flashbacks y puntos de vista cruzados –aunque por momentos el recurso es empleado en demasía– con el apoyo de una voz en off que sirve para expresar los pensamientos internos de los diversos protagonistas. De esta manera descubrimos lentamente cómo la pérdida y el duelo son procesos largos y dolorosos, y, en este caso, precursores del conflicto familiar. Es interesante, por ejemplo, ver la lectura que el padre y, después, el hijo menor tienen sobre los mismos acontecimientos: Gene, ansioso por conocer la rutina diaria de Conrad, decide espiarlo, pero el padre desconoce la astucia de su hijo, quien termina descubriéndolo pero prefiere no confrontarlo. De esta manera, el espectador, colocado en una posición privilegiada, puede observar los mecanismos que explican el comportamiento de cada uno de ellos y por qué, entre ambos, existe un vacío casi incurable.

En el cine de Trier, la literatura –y por extensión la escritura– es un elemento fundamental. Ya sea como tema y contenido del relato, o como estrategia formal y estilística en la manufactura cinematográfica, las alusiones a las obras escritas han estado presentes a lo largo de su trayectoria. Uno de los recursos habituales es el uso de la voz en off para plasmar en la pantalla el equivalente a estar leyendo una novela. En el cine de Trier esas palabras son transmitidas en flashbacks, puntos de vista, reflexiones y proyecciones de los personajes. En Reprise (2006), su primer largometraje, los dos jóvenes protagonistas buscan convertirse en escritores a toda costa, incluso la novela de uno ellos se llama Prosopopeya y se centra en la locura de un hombre que aspira a encontrar un lenguaje totalizador que abarque todos los idiomas. Por su parte, en Oslo, August 31st (2011), su segundo largometraje inspirado en la desoladora Le feu follet de Drieu La Rochelle, el personaje principal hace una solicitud por escrito para obtener un empleo como redactor y colaborador en una revista cultural de prestigio. En este sentido, el acto de escribir se presenta como un horizonte catártico y como la única manera de evitar la inercia hacia la depresión o la muerte. En Más fuerte que las bombas, el director noruego conserva esta lógica mediante el anclaje de su historia en torno al personaje de Conrad, el menor de la familia. Es muy probable que el nombre de este personaje sea una alusión al escritor Joseph Conrad, quien, en algún momento de su vida, afirmó que la literatura era su único medio de existencia. Y más allá de las remuneraciones económicas que recibió el escritor por su trabajo, el autor de El corazón de las tinieblas se refería al acto creativo como un antídoto contra la perversa realidad. La evidencia aquí, en el filme, es ver cómo el joven Conrad recupera momentáneamente la tranquilidad de un mundo feroz y cruel mediante el ejercicio de la escritura.

Conrad opta por refugiarse en el silencio, en los videojuegos y en la escritura; él huye de su padre sobreprotector, debido a que lo considera un entrometido. Mientras que el hermano mayor, Jonah, un joven profesor universitario de sociología, se muestra nervioso y temeroso respecto a la nueva etapa que le toca vivir con el reciente nacimiento de su hijo: la edad adulta asociada a la paternidad. La nueva vida no evita que él caiga en los brazos de una antigua novia. También es un alma perturbada: un acto de adulterio es el mecanismo que escoge para desviarse de su realidad y esquivar las responsabilidades de convertirse en padre. Gene lucha por encontrar una manera de decirle a Conrad la verdad sobre la muerte de su madre. Estos tres hombres conforman un trío de almas desgarradas y en pena que conviven en el hogar familiar. Si bien es cierto que están entusiasmados con los preparativos de la exposición, también es momento de hurgar en el pasado de Isabelle para desentrañar lo indecible y, principalmente, para que así todos encuentren la redención necesaria y puedan seguir adelante con sus respectivas vidas.

Aunque quizá de forma un tanto forzada, Trier nos otorga elementos para leer su relato a través del prisma de Edipo, al menos desde el psicoanálisis. Conrad continuamente busca la manera de suplantar a su madre proyectando su amor sobre un fetiche (un suéter verde de lana) y una mujer (una compañera de clase). Hay una secuencia onírica donde, bajo la fría luz de la luna, Conrad ingresa a un bosque y refleja su pasión conjunta por la chica y el recuerdo de su madre. De un modo parecido, Jonah vuelve a caer en los brazos de su exnovia, cuya madre también murió; no es la atracción física ni mucho menos un sentimiento de amor lo que los une, sino la ausencia de la figura materna. Por su parte, Gene vive una aventura sexual y romántica con una de las maestras de Conrad porque ve en ella a una mujer que puede reemplazar a la madre debido a que sabe cómo conducir la trayectoria de su hijo.

Trier se desplaza entre el pasado y el presente para mostrar los recuerdos de la infancia de los hijos y, desde muy temprano, el filme ya lucha contra un exceso de acontecimientos y arcos narrativos poco antes de explorar de manera profunda y filosófica uno de los tema esenciales: la manera en que los individuos reordenan su memoria –a partir de acumulaciones de recuerdos caóticos y desorganizados del pasado– para encender el motor que les permita seguir adelante. Trier evidencia su habilidad para construir cambios temporales que se mueven entre el pasado y el presente; retrocesos y proyecciones son los componentes básicos del relato, y cada una de las piezas es bien montada por el editor Olivier Bugge Coutté. El filme entra en algunos baches cuando Trier introduce breves y superficiales reflexiones en torno al arte de la fotografía, la percepción de la imagen, la verosimilitud y la veracidad del fotoperiodismo, y se complica un poco más cuando introduce secuencias oníricas, aunque la presencia de algunas de ellas se justifica por la voz en off  de una joven que ejecuta la lectura de lo que parece ser el diario adolescente de Conrad, como si se tratara de la lectura de una novela que se publicará en el futuro.

Más fuerte que las bombas es un drama familiar construido más con el cerebro que con el corazón. A pesar de su predilección literaria, Trier, con la inteligencia fría y la observación cuidadosa que había manifestado en sus largometrajes previos, sabe trabajar elocuentemente con los espacios vacíos –ya sean físicos, psicológicos o verbales–. En lugar del tumulto de las acciones, las palabras y las presencias, son precisamente los vacíos y los silencios lo que permite ver la falta de conexión que existe entre los personajes. Incluso esa desconexión es también individual. Ellos son incapaces de tejer su pasado con su propio presente. Paulatinamente, como si se tratara de un rompecabezas, las piezas caerán en su lugar, los huecos se llenarán. Para llegar a ello, Trier emplea atmósferas más cercanas a la tradición del teatro y cine escandinavos que al cine independiente estadounidense. La adolescencia atormentada de Conrad; las dificultades de la vida adulta de Jonah; la disociación espacial de aquellos que realizan trabajos extremos como la fotoperiodista Isabelle que constantemente está en la guerra y se siente extraña al llegar a casa; la renuncia silenciosa de un marido que no era capaz de entender o de ser entendido; la manera en que se tambalea el concepto de familia con la desaparición de un miembro de la misma. Todo ello desemboca en un eficiente relato caleidoscópico de la familia anclada en la angustia moderna, aquella que el filósofo danés, Søren Kierkegaard, definió como las decisiones que toma el hombre frente a su situación en el mundo. 

A pesar de ser el debut en inglés del director noruego, el guión de Trier y su colaborador habitual, Eskil Vogt, se distingue por tener diálogos francos y directos, sin la necesidad de ser rebuscados ni repetitivos. Los enfrentamientos verbales lucen espontáneos, reales y cotidianos, poniendo de manifiesto el tipo de codificación y dinámica que existe en la rutina familiar. Las actuaciones son uniformes y eficaces; todas mantienen el tono preciso y adecuado para no caer en el melodrama fácil y exagerado. En particular, el joven Druid combina la inocencia, la astucia y la vulnerabilidad del adolescente que prefiere ser hostil para no ser lastimado porque en el fondo posee un buen corazón. El personaje de Huppert es esbozado a partir de una extraordinaria elegancia etérea; la naturaleza espectral del personaje se adapta al de una sombra en el relato sin la necesidad de estar físicamente presente.

Trier elabora un examen metódico sobre el dolor y la memoria, cuyo material incendiario afecta más al espectador por su inquietante honestidad, calma y normalidad, pues tiene sus raíces en la vida cotidiana y en la intimidad de los protagonistas y no en agentes sensacionalistas provenientes del exterior. Los males del pasado ​​y las verdades enterradas retumban constantemente en el núcleo familiar como una unidad desarticulada; los personajes buscan conectarse al recordar los secretos que han pretendido esconder a lo largo de los años. Con cada episodio dividido por el silencio de una pantalla en negro, Trier nos da pausa para la reflexión y el recogimiento. La fragmentación y la tensión abstracta como estrategias visuales tienen la función de acompañar a los personajes ya sea acelerando o bajando el ritmo. La imagen ralentizada del fatal accidente automovilístico y la quietud estilizada de la explosión de vidrios contra el rostro de Isabelle otorgan el tiempo suficiente para tener un retorcido sentido de la paz y la belleza inquietante que pueden llegar a significar la muerte. La superposición y la repetición de escenas de diferentes puntos de vista, así como los monólogos internos de pensamientos, crean personajes bien delineados dentro de una narrativa rica en matices.

Más fuerte que las bombas es una explosión visual poderosa, cuyas ondas de choque se dirigen fuera de su epicentro y resuenan durante un largo periodo de tiempo más allá de la sala de exhibición. Porque, al final, a través de los personajes individuales y sus mundos, el filme apunta hacia la disociación de la doble representación (los recuerdos del pasado frente a las acciones del presente) que todos ellos –así como nosotros– experimentan en sus vidas cotidianas. Las pilas de recuerdos y fragmentos de la memoria terminan por integrarse y disolverse en los caminos de la vida presente permitiendo que se confronte el luto que, en algún momento, la mayoría de los seres humanos experimentará.

 
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