Tenemos que hablar de Kevin

El esfuerzo descomunal que Eva hace por amar a Kevin no borra el hecho de que, mientras crecía en su vientre, era un huésped incómodo y no deseado, dice Alfonso Flores-Durón.

Por Alfonso Flores-Durón (@SirPon)

★★★★1/2

Probablemente la labor más ardua del ser humano sea ser padre. No todos eligen ponerlo en práctica, pero quienes lo hacen se enfrentan a una faena colosal para la que, además, no hay forma de aprender sino sobre la marcha, acudiendo a la improvisación, particularmente con el primer hijo. Por más libros que se lean, cursos que se atiendan, consejos que se escuchen, al ser cada nuevo niño nacido único e irrepetible, inédita será asimismo la experiencia de los padres primerizos; necesitarán suerte, mucho amor, concentración, sensibilidad y, eh, más suerte. Los padres de Kevin, más allá de sus propias responsabilidades, no la tuvieron.

La cuestión es que alguien como Kevin, suertes aparte, no nace, no surge de la nada. Es producto de un entorno familiar concreto y de un contexto social específico. La intención fundamental de Lynne Ramsay, la directora escocesa, no es necesariamente exhibirnos la compleja maraña de factores que se conjugan para que un niño sea como Kevin, pero tampoco lo pasa por alto; unas cuantas pinceladas le son suficientes para enquistar el contexto. No resulta especialmente luminoso hablar, por evidente, de lo violenta que es la sociedad norteamericana. Episodios insoslayables de su nacimiento como nación aparte (ver D.W. Griffith), desde hace muchas décadas el bombardeo incesante de imágenes provenientes primordialmente de la televisión –desde algunas caricaturas, muchos videojuegos, pasando por todo tipo de series y los noticieros que se vanaglorian de sus persistentes luchas armadas alrededor del mundo…–, pero también de su cine hecho industria, obsesionado, entre otros temas belicosos, con la necesidad de defenderse a toda costa del ‘otro’, sin menospreciar el hecho de que sea el país democrático en el que con mayor facilidad se pueden comprar armas de manera legal, todo ello, decía, ha hecho que cada norteamericano nazca ya con el gen de la psicosis predispuesto para atacar o ser atacado.

Sin embargo, ese no es el eje central del filme. La relación madre e hijo se levanta como la columna vertebral del relato (para lo cual es ciertamente importante cuando menos intentar comprender de dónde proviene alguien como Kevin), aunque el punto neurálgico de la historia en realidad sea el cerebro de Eva Khatchadourian (trabajo supremo de una habitualmente formidable Swinton), uno que, en primera instancia, le dicta no querer al hijo que concebirá. Todo lo que nos es permitido ver es no a través de sus ojos, sino de su mente. Una decisión arriesgada de Ramsay, pero que prueba ser certera, al traducir al cine la premiada novela de la norteamericana Lionel Shriver. La película va del pasado, al presente, al pasado y al pasado del pasado, de ida y vuelta, en un vaivén temporal que exige un montaje inspirado que, a su vez, demanda la participación activa del espectador para contribuir en el armado del rompecabezas narrativo al que la realizadora nos invita. Porque no decide facilitarse la vida –y la del público– dividiendo la estructura en bloques de tiempo, ni ceñirse al recurso epistolar del texto original; en ocasiones acude a fugaces viñetas que destantean al distraído pero que se insertan en la comprensión del atento que está ávido por recabar la información pertinente en esta especie de thriller cerebral, y que incluso se repiten adquiriendo una nueva dimensión cuando se han coleccionado ya más piezas de este acertijo. Una de las sensaciones más perturbadoras que se le inflige al observador al utilizar esta narrativa en una crónica como la elegida es la de la impotencia ante la irremediabilidad del destino; aunque sabes de antemano cuál es el desenlace (en este caso, una de esas matanzas no infrecuentes, por desgracia, perpetradas por un alumno en colegios norteamericanos), no hay poder humano (ni fílmico) que pueda evitarlo.

Como únicamente son capaces los grandes artistas del cine, desde la primera secuencia Lynne Ramsay es capaz de dejar sentadas las claves para la posterior asimilación de cuanto irá contando. En el día de la famosa Tomatina (fiesta valenciana en que todo un pueblo se enfrasca en una guerra de tomates), Eva disfruta de manera extática y sensual de su libertad, rodeada de cuerpos, y de rojo, de mucho rojo. El mismo color que más adelante vemos le es constantemente lanzado a su casa y auto, y que en la escena del crimen es arrojado por las intermitentes luces de las ambulancias y los reflejos de un semáforo, y que, además, es omnipresente en todos los episodios del drama, ya sea expuesto en una pelota, un poster, un toldo, en el vino (tinto) o en la mermelada de fresa. Rara vez en la sangre. Y sabemos que Eva preciaba esa libertad, que sacaba provecho de la soltura que le permitía su trabajo como escritora de crónicas de viajes, que quería a su entonces novio, Franklin (C. Reilly), se emborrachaba con él y se permitía, también con él, practicar sexo sin protección. Así se originó su nada deseado embarazo y la confrontación con el hecho de que el niño en camino, Kevin, trastocaría para siempre su vida. El resto fue su esfuerzo descomunal por amar a su hijo –porque todas las madres deben hacerlo– aún en contra de la antinaturalidad de sus instintos. El niño, Kevin (Duer y Newell), desde el vientre, supo que era un huésped incómodo para su anfitriona y en cuanto tuvo razón se manifestó listo para el combate, aunque el enemigo ya hubiera capitulado. De jovencito, Kevin (Miller), se limitó a afinar con paciencia los detalles que conducirían a la puesta en escena de su ritual de muerte.

El cine de Lynne Ramsay no comenzó a llamar la atención al arrancar su carrera como directora de largometrajes. Dos cortos de su creación recibieron no sólo atención sino reconocimiento (“Small Deaths” y “Gasman” ganaron Premio del Jurado en Cannes). El éxito artístico de Ratcatcher (1999), la ópera prima que ella misma escribió (un estudio de realismo social en Glasgow a la Loach pero con soplos líricos), no fue, pues, del todo sorprendente. Notoriamente advertida, sí, fue la naturalidad con que le inscribió al filme un sello que se antojaba muy personal y que, hoy queda claro, lo fue. Con Morvern Callar (2002), su segunda obra, se aventuró a adaptar la desafiante novela homónima de Alan Warner, en la que retrata con agudeza y precisión la atmósfera alucinatoria y nihilista de la parte más descocada de los noventa, a través de la intrincada mente de su protagonista. En ambos filmes la búsqueda de la libertad, la culpa y la muerte flotan lacerantes en cada cuadro. En las dos, Ramsay despliega con delicadeza su talento para edificar el estilo impresionista que tiene al filmar, rechazando la obviedad y la nitidez. Detrás de los destellos de luz, de los fulgores y los colores, se acomodan los pilares que fundamentan lo que parecerían simples insinuaciones.

Transcurrieron casi ocho años, un proyecto truncado que le terminó arrebatando Peter Jackson (The Lovely Bones, 2009) y, aún así, no solo no torció Ramsey su apuesta por apuntalar su perspicaz forma de interpretar la reacción de sus personajes sacudidos por la muerte afianzada en la creación de imágenes icónicas que pese a su belleza y elocuencia nunca eclipsan ni se superponen al discurso narrativo, sino que la validó con esta elegante demostración de dominio del quehacer cinematográfico.

Esa consistencia adquirida con su propuesta es expuesta por la realizadora escocesa en Tenemos que hablar de Kevin. Dato a dato, secuencia a secuencia, emplaza ese juego de espejos entre la personalidad de Eva y de Kevin. Su gran conflicto reside en la asimilación de que comparte con su hijo mucho más que la sangre (criticando con severidad a unos obesos por sus hábitos alimenticios, Kevin le pregunta ‘¿Por qué eres tan dura?’ Ella le contesta ‘Mira quién habla’ y él le revira ‘Lo aprendí de ti’), y también en su desesperación por redimir ese rechazo inicial a ser madre, incluso pese a la buena labor que logra consagrar con su segunda hija. Nunca, empero, logra Eva revertir la rispidez con que fraguó el inicio de esa relación; la necesidad que tenía de hablar de Kevin y que su esposo siempre ignoró debió, llegado el momento, de ser encauzada y analizada por especialistas del comportamiento humano. Al final, con el destino consumado y siendo redundantes las posibles explicaciones, con el daño irreparable, con el presente insoportable y un futuro desesperanzador, a las soledades de Eva y de Kevin sólo les queda el abrazo que ya nada repara y la ultrajante aceptación de que de su vida ha sido extirpada toda posible salvación. Y en eso, al menos, madre e hijo están y permanecerán unidos.

‘Gasman’ de Lynne Ramsay, aquí.

Enero 21, 2012.

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