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Por un buen tiempo los pensamientos y esfuerzos de Vinterberg han estado postrados sobre una situación por demás sensible: los abusos sexuales contra niños, el silencio que suele encapsular estos actos, y la manera y las consecuencias de su ruptura. En La caza, las víctimas no son solamente los niños, sino el acusado de violación, un cariñoso profesor de kinder. Dicen que el diablo está en los detalles, y así sucede en La caza, donde Vinterberg teje el conflicto con tanta entrega a cada una de sus partículas que es difícil discernir dónde comienza la realidad y dónde los sueños, la inocencia y la responsabilidad, los crímenes y los errores. Sin embargo, una vez que el pueblo que sirve de escenario apunta el dedo de culpabilidad sobre el profesor, sus habitantes actúan como si el diablo se les hubiera aparecido de la nada. Y entonces la cacería de brujas comienza. Sin duda, lo mejor que ha hecho el creador –junto con Lars von Trier– del Dogma desde Festen (1998).
SOR (@SofOchoa)