Aquí puedes ver nuestra Entrevista con Pawel Pawlikowski (Ida)
Aquí puedes ver nuestra Entrevista con Pawel Pawlikowski (Cold War)
Aquí puedes ver nuestra Entrevista con Isabelle Huppert
çComo no hay mayo sin Festival de Cannes (aunque en el 2020 sí lo hubo, bueno, a medias por la pandemia, mayo, Cannes ni medio), ha iniciado ya el que sigue considerándose el festival de cine más importante en el mundo, considerando tanto la relevancia que tiene a nivel global como, sí, la calidad de los filmes que presenta en sus distintas secciones, particularmente en la Selección Oficial, que es en la que, como cada años, nos abocaremos. Y para demostrarlo, en su primer día de competencia, se ha proyectado la que desde ya pinta a ser una de las principales contendientes a la Palma de Oro de este año, y también a convertirse en un clásico instantáneo: Fatherland, del gran polaco Pawel Pawlikowski, autor de maravillas como Ida y Cold War, que ha embelesado tanto al público como a la crítica. También en el día inaugural se presentó, Parallel Tales, del aclamado iraní, Asghar Farhadi, de nuevo en territorio francés, con la siempre fabulosa Isabelle Huppert en el protagónico. El jurado que eligirá los filmes galardonados al final de esta fiesta del cine son: Park Chan-wook, presidente; acompañado por Diego Céspedes, cineasta chileno; Isaach De Bankolé, actor marfileño-francés; Paul Laverty, guionista irlandés (habitual de Ken Loach); Demi Moore, actriz estadounidense; Ruth Negga, actriz irlandesa; Stellan Skarsgård, actor sueco; Laura Wandel, cineasta belga; y Chloé Zhao, cineasta china-estadounidense.
Estos son fragmentos de lo que se ha escrito sobre los dos primeros filmes contendientes.
Vaterland (Fatherland)
Dir. Pawel Pawlikowski
Se trata de una viñeta histórica de una elegancia y compostura imposibles, cuya brevedad y control apenas logran contener el dolor personal e histórico de sus personajes. Dirigida y coescrita por el cineasta polaco PaweÅ‚ Pawlikowski, y filmada en un lustroso blanco y negro por Åukasz Å»al, Fatherland es una película sobre el exilio y la traición, la imposibilidad de volver a casa y la dificultad de reconciliar a los hijos de un artista con su inevitable importancia secundaria.
La historia se sitúa en 1949 y sigue al célebre novelista alemán y Premio Nobel, Thomas Mann —quien huyó de los nazis antes de la guerra hacia el exilio en California y obtuvo la ciudadanía estadounidense—, mientras regresa a Alemania, primero a Frankfurt (ahora Alemania Occidental), para recibir un premio que lleva el nombre de Goethe, ciudad donde este nació. Será precisamente la sabiduría ilustrada y civilizada de Goethe, así como su concepción apolítica del arte, lo que Mann evocará deliberadamente en sus extensos discursos.
Mann, interpretado con una cortesía distante por Hanns Zischler, acompañado por su sufrida hija adulta Erika (Sandra Hüller), es recibido con entusiasmo reverencial y, dada su importancia, incluso se le asigna a un espía de la CIA. Sin embargo, desconcierta e incomoda a sus anfitriones al expresar su intención de aceptar un segundo premio en Weimar, donde Goethe realmente vivió, pero que ahora se encuentra en el Este comunista y, quizá, está contaminada por su asociación con la caótica República de Weimar que allanó el camino para los nazis. Mann recibe las alabanzas de los apparatchiks comunistas con la misma reserva diplomáticamente opaca.
De este modo, Mann parece aspirar a mantenerse flotando por encima de la historia —y probablemente también a desligarse de aquella América de posguerra con la que difícilmente podría sentirse más ajeno—, buscando abarcar tanto el Oeste como el Este de Europa, aparecer victorioso en ambas zonas y evitar tomar partido político alguno en este regreso a casa. Pero mientras esto ocurre, Erika —interpretada por Hüller con su habitual inteligencia, afilada como una bayoneta— vive consumida por la angustia. Extraña profundamente a su adorado hermano Klaus (August Diehl), también escritor en el exilio estadounidense y atrapado en la depresión y la dependencia de drogas. Más adelante, a mitad de la visita de Thomas Mann, él y Erika reciben noticias terribles sobre Klaus, noticias que Thomas pretende ignorar sombríamente para continuar con su gira triunfal.
Es Klaus quien termina ocupando inesperadamente el centro de la película. Su novela Mephisto trata sobre un actor vanidoso que se entrega al nazismo —y podría decirse que fue más audaz en su compromiso político real de lo que Thomas jamás quiso ser— y estaba basada en el exmarido de Erika, el actor Gustaf Gründgens (Joachim Meyerhoff), cortesano de Göring, quien aparece descaradamente en la celebración de Frankfurt con un relato autocompasivo sobre su breve estancia en una prisión soviética. Gründgens incluso se permite intentar bromear con Erika, quien le abofetea el rostro, justo mientras Thomas, en otra parte del salón, le dice a los untuosos nietos de Wagner que no tiene intención de apoyar el regreso del festival de Bayreuth y que su teatro debería arder hasta los cimientos.
En una conferencia de prensa en Fráncfort, un corresponsal alemán le reprocha a Mann no haber elegido el camino martirizado de la “emigración interior” dentro de Alemania —es decir, soportar en silencio la tiranía— en lugar de abandonar el país. Mann no responde que la “emigración interior” es el conveniente mito de la Alemania de posguerra, sino que dice con firmeza que, de no haberse marchado, no habría sobrevivido. Sin embargo, el pathos de la película, puesto en un enfoque aún más doloroso por el desgarrador destino de su hijo, es que la propia supervivencia queda en entredicho. Quizá Mann percibe que el espíritu nacional de Alemania no ha sobrevivido —comprometido por la división geopolítica, la política partidista, la acritud de la guerra fría y el terrible recuerdo del Holocausto— y que, por tanto, su lengua y su cultura han quedado contaminadas, como sugieren libros como The Death of Virgil, de Hermann Broch, y Language and Silence, de George Steiner.
Es la música de Bach la que aportará cierta medida de redención y liberación emocional tanto para el padre como para la hija, pero Pawlikowski no ofrece nada conciliador ni elegíaco en esta película tensa y profundamente literaria.
5 de 5 estrellas
En el drama de época Fatherland, el escritor y director polaco PaweÅ‚ Pawlikowski consigue una película que es, en esencia, un peso pesado, aunque ejecutado con una liviandad poco común —por no hablar de lo consiso que es, en unos refrescantes 82 minutos. Fatherland gira en torno a una figura difícilmente menos intimidante: el escritor alemán y Premio Nobel, Thomas Mann, autor de La montaña mágica, Muerte en Venecia, entre otras obras. Aquí Mann aparece acompañado de su hija y asistente Erika Mann (Sandra Hüller), cuya presencia —solidaria, pero críticamente desafiante— va erosionando gradual e inexorablemente el elevado monolito que él representa.
Con un guion finamente trabajado que presta la debida atención a cuestiones políticas, históricas y literarias, esta pieza de intensidad silenciosa puede sentirse como una propuesta algo especializada en comparación con las más inmediatamente accesibles Ida y Cold War de Pawlikowski. Sin embargo, la siempre magnética presencia de Sandra Hüller —actual favorita internacional, y apenas unos meses después de ganar el Oso de Plata en Berlín por el drama de época Rose— debería ampliar el atractivo de la película más allá de aquellos sectores del circuito de cine de autor que buscan densidad cultural e intelectual.
La acción principal transcurre en Alemania en 1949, cuando Thomas y Erika regresan al viejo país por primera vez. Llegan a Frankfurt, en el recién delimitado Oeste, donde Mann (interpretado por el veterano actor alemán Hanns Zischler) recibirá el prestigioso Premio Goethe. En Alemania, es simultáneamente reverenciado y condenado: esto último por haber emigrado años atrás a Estados Unidos y, según algunos, haber abandonado su patria, mientras que en América despierta sospechas de simpatías comunistas. Durante las celebraciones del premio, dentro de los fastuosos salones de mármol de un hotel, todos quieren una parte del maestro —periodistas internacionales, la CIA, los nietos del compositor Richard Wagner—, mientras Erika enfrenta un áspero encuentro con su exesposo, el actor Gustaf Gründgens (Joachim Meyerhoff), favorito del régimen nazi e inspiración para la novela Mephisto de Klaus.
Durante la visita, padre e hija reciben noticias devastadoras, pero Thomas conserva un exterior severo y augusto, insistiendo en continuar con el viaje planeado a Weimar, en el Este, asociado con el poeta romántico Goethe. Allí son recibidos por el escritor Johannes Becher (Devid Striesow), entusiasta defensor del nuevo orden soviético, y por una audiencia solemne dominada por figuras militares, mientras Mann pronuncia un discurso sobre, entre otros temas, la concepción del amor en Goethe.
Pawlikowski y el coguionista Henk Handloegten (Paul Is Dead y la serie televisiva Babylon Berlin) entregan un guion profundamente literario, cargado de referencias culturales —arte, poesía, música— e incorporando fragmentos de los discursos de Mann. El texto consigue un denso entrelazado de temas: el idealismo y sus ilusiones; las relaciones familiares; la naturaleza de la nacionalidad y del hogar; la carrera de la Guerra Fría por apropiarse del patrimonio cultural; el estatus antes intocable asignado a grandes artistas masculinos; y la leyenda fáustica, tal como fue elaborada tanto por Mann como por Goethe.
Junto con su contenido verbal e intelectual, Fatherland resulta inmersivamente evocadora, haciéndonos sentir como si de verdad estuviéramos visitando las dos Alemanias en 1949. El director de fotografía, Åukasz Å»al, filma en blanco y negro y en formato Academy (2:1), con un estilo característico que hace que Fatherland esté muy emparentada con las también de época Ida y Cold War (cuya estrella Joanna Kulig tiene aquí un cameo destacado como cantante).
La música de Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart y Olivier Messiaen, junto con rolas de jazz de la época y un sombrío himno socialista —escrito por Hanns Eisler, colaborador ocasional de Bertolt Brecht— añaden todavía más matices a esta película fríamente segura de sí misma y magistral sin necesidad de ostentación.
Histoires paralléles (Parallel Tales)
Dir. Asghar Farhadi
Asghar Farhadi es el autor iraní cuyo estilo cinematográfico siempre ha mostrado claras influencias europeas de Antonioni y Haneke. De hecho, ya había realizado dos películas en Europa: The Past en Francia y Everybody Knows en España. Ahora regresa a Francia y al idioma francés con este entretenido meta-drama de peso medio sobre la traición y sobre un supuesto vínculo entre el voyeurismo y la creatividad: ¿los escritores espían a los personajes que han llevado a la vida?
Se trata de una variación temática de A Short Film About Love de KieÅ›lowski —con un giro de Rear Window de Hitchcock— que insiste obstinadamente en tejer una telaraña sobre sí misma. El resultado es intrincado y elaborado, aunque algo nebuloso.
Isabelle Huppert interpreta a Sylvie, una escritora irritable y en decadencia que vive sola, rodeada de un caos desordenado en su apartamento parisino, tecleando novelas que nadie quiere leer en una máquina de escribir Olivetti eléctrica. Nada de laptops modernas aquí. Su obra más reciente surge de espiar con un telescopio a las personas del apartamento de enfrente: Nicolas (Vincent Cassel), quien dirige un estudio de producción de efectos sonoros junto a Nita (Virginie Efira) y Théo (Pierre Niney). Mientras Nicolas trabaja frente a una consola de mezcla digital, Nita y Théo fabrican sonidos de baja fidelidad —pasos, hojas crujiendo— y en el transcurso la película se desenvuelve silenciosa frente a ellos.
Sylvie también construye una historia autobiográfica sobre el hecho —o la ficción imaginada— de que su padre utilizó ese mismo telescopio, en ese mismo apartamento, para espiar al amante de su madre, quien vivía en el edificio contiguo, hoy vacío tras la muerte de su ocupante. Fascinada por la intimidad entre Nicolas, Théo y Nita —y aparentemente comprendiendo de inmediato a qué se dedican, algo poco evidente para alguien tan aferrada a su máquina de escribir—, Sylvie inventa para ellos una historia cargada de pasión sexual clandestina y asesinato a tres bandas, y naturalmente vemos cómo este drama paralelo comienza a desplegarse en pantalla.
Pero el destino trastoca la vida de Sylvie y otorga de manera sensacional un nuevo significado y relevancia a su escritura. Su sobrina (India Hair), preocupada por ella, contrata a alguien para limpiar el apartamento: Adam (Adam Bessa), un exconvicto intentando rehacer su vida. Adam desarrolla de inmediato una obsesión peligrosa con la nueva novela de Sylvie y con las personas que, sin saberlo, la inspiraron. Logra mostrar el manuscrito a Nita, y así la ficción contamina fatalmente la vida real.
Parallel Tales es un filme que se toma su tiempo hasta que por fin llega al punto del suspenso dramático, y me pregunto si su verbosidad se debe a que Farhadi buscaba algo superior a las emociones de alto concepto de Simenon. Pero es enigmática e interpretada con convicción, además de que aquellos efectos de sonido dan de qué pensar: los falsos doblajes son esenciales para crear realidad.
3 de 5 estrellas
Las señales estaban ahí. El director iraní Asghar Farhadi ya había realizado películas en idiomas que no son el suyo —The Past y Everybody Knows, ambientada en España— y los resultados no habían sido particularmente exitosos. Dicho esto, Parallel Tales representa un nuevo punto bajo para un cineasta capaz de alcanzar grandes alturas.
Esta selección de la competencia de Cannes es inexplicablemente demasiado larga, sentimental y, sí, inquietante, mientras todos espían a todos. Se podría atribuir parte de la responsabilidad al director polaco Krzysztof KieÅ›lowski y a su colaborador Krzysztof Piesiewicz (quien falleció el día del estreno), ya que toda la propuesta pretende dialogar con su obra, especialmente Dekalog y A Short Film About Love. Pero sigue siendo decisión de Farhadi hacer esta película hoy y hacerla tan extensa. “Está pasada de moda”, escucha el personaje de Isabelle Huppert cuando lleva su nueva novela a su editor, comentario que decide ignorar. Un caso evidente de cómo el arte refleja la vida.
La Sylvie de Huppert es, bueno, la primera figura perturbadora de esta historia deliberadamente melodramática. Vive alimentándose de latas de atún y encendiendo cigarrillos con una tostadora —para deleite del público, hay que decirlo—, de modo que parece casi milagroso que no haya incendiado ya su desagradable apartamento. Su sobrina parece pensar algo similar, así que recoge a un joven sin hogar, Adam (Adam Bessa), quien la ayudó a recuperar una cartera casi robada, y le ofrece trabajo. Cuesta creerlo, pero las cosas solo se vuelven más absurdas a partir de ahí.
A Sylvie no le gusta demasiado la gente, pero escribe sobre ella. ¿Su solución? Espiar a tres glamorosos vecinos —que, para sorpresa de todos, son artistas de efectos sonoros— e inventar para ellos un retorcido ménage à trois. Obviamente no es real, pero Adam pronto se convierte en el segundo voyeur de la historia: toma prestado el telescopio de Sylvie y comienza a acechar a una de las mujeres observadas (Virginie Efira). Interrumpe sus almuerzos austeros, ronda las calles e incluso le entrega una copia de la novela rechazada de Sylvie, afirmando que él es el autor. Muy pronto, los artistas de sonido no pueden evitar recrear algunas de sus escenas mientras registran los sonidos de animales devorándose unos a otros en la naturaleza. Una vez más, la vida parece imitar al arte.
Para una película que, en cierta forma, debería funcionar como una comedia de errores, todo esto resulta profundamente desagradable —incluso sin considerar las ratas que recorren el apartamento de Sylvie. Farhadi no encuentra la ligereza necesaria para hacer funcionar este caos, y la amenaza de violencia sexual no contribuye precisamente al entretenimiento. De hecho, parece prestar más atención a los trucos de efectos sonoros —¡apio!, ¡arena!— que a cualquiera de sus personajes. Hay un momento en el que la película parece acercarse a una nueva variación de The Talented Mr. Ripley, pero en lugar de decir algo interesante sobre el engaño o el voyeurismo, termina provocando ganas de tomar una ducha.