Entre 1908 y 1913, el cineasta estadounidense D. W. Griffith (Intolerance, 1916) realizó más de 400 películas. Durante ese tiempo, él, junto con sus colegas directores de Hollywood, desarrolló la edición de continuidad. Utilizando herramientas como los alineadores de ojos (corte para que los actores parezcan mirarse entre sí a través de diferentes tomas) y la regla de 180 grados que impide a los actores cambiar de lugar en la pantalla, Griffith y sus compañeros crearon una gramática visual que permite al público olvidarse del artificio del cine y embeberse en la historia. Cuando Griffith estrenó su obra maestra, enormemente influyente (y enormemente racista) A Birth of a Nation (1915), las reglas de la edición de continuidad habían quedado más o menos resueltas. Esta forma de contar historias fue tan exitosa y rentable que se ha utilizado para casi todas las películas de Hollywood que se han emitido desde entonces.
Sin embargo, justo cuando estas reglas fueron codificadas, los cineastas, en su mayoría europeos, buscaron otras formas de contar una historia. Directores alemanes como F. W. Murnau (Nosferatu, 1922) y Robert Wiene (Raskolnikow, 1923) experimentaron con representaciones cinemáticas del subconsciente. Los cineastas franceses como René Clair (Entr’acte, 1924) utilizaron trucos de cámara y encuadres extraños para crear obras de belleza formal. No obstante, fueron los realizadores de la recién formada Unión Soviética los que realmente contribuyeron con una nueva forma de pensar el cine mediante el montaje soviético.
Trad. EnFilme
Fuente: Open Culture, Filmmaker IQ